Monday, 08 January 2024 11:35

Inercias, tendencias y riesgos en 2024

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Pese a mejores deseos, resulta particularmente difícil dotar de esperanza al 2024. Las inercias de inestabilidad y de proliferación de una multiplicidad de crisis son mayores que los indicios de prosperidad y de una sana y justa convivencia entre las naciones del orbe. Es indudable que 2024 se caracterizará por ser un año de inflexiones ante esta noción de “poli-crisis”. Ya lo está siendo y lo seguirá lleno de desafíos debido a transformaciones tanto institucionales y normativas cuanto en la práctica de lo cotidiano. Las evoluciones e involuciones, según sea el caso, se patentizarán en ámbitos como la inteligencia artificial, la preservación y cuidado del medio ambiente, la transición energética, la carrera armamentista, el comercio regional e intrarregional, la competencia económica y los incentivos para los desarrollos tecnológicos. El escenario internacional en el que dichas transformaciones tendrán lugar se caracteriza por su excesiva crispación y marcada polarización.

Las tensiones geopolíticas, los conflictos bélicos y los diferendos entre los países se han intensificado lejos de disiparse. Sin temor a equivocarnos, los focos rojos en materia de seguridad y militarismo se han multiplicado en todo el mundo, vivimos en el arreglo geopolítico más tenso y delicado desde la SGM. El mundo atestigua un traspaso paulatino de la hegemonía unipolar estadunidense hacia un régimen global multipolar con diversos matices. La transferencia involuntaria del poder hegemónico, por supuesto, no estará exento de incertidumbre, turbulencias y tiranteces. El 2024 parece inaugurar la fase final de una transición hacia un mundo multipolar, lo que no solamente se basa en el hecho de reconocer la creciente rivalidad sinoestadounidense, cada vez más patente, sino que se nutre también de una distribución y/o dispersión, a escala global, de capacidades nacionales, ya sean estas económicas, comerciales, financieras, tecnológicas, culturales o demográficas. Para ejemplificarlo, basta traer a colación a la expansión encabezada por Beijing de los BRICS y al fortalecimiento de los vínculos – no solamente económico y financieros- entre sus países miembros.

No es osado pronosticar, por tanto, que esta tendencia hacia la multipolaridad pueda intensificarse y profundizarse durante 2024 con repercusiones en varias latitudes. Empero, ello no se explica por factores exclusivamente estatales. El escenario es por demás complejo. Es decir, las empresas multinacionales, particularmente las de tipo tecnológico-informático, aumentarán su capacidad de influencia en la configuración de la multipolaridad internacional. Al poseer el activo del “Big Data” y los datos de los millones de usuarios, adicional a la capacidad financiera para viabilizar su accionar, estas empresas estarán habilitadas para ocupar con relativa facilidad los vacíos de poder que se generen por las contradicciones y desafíos congénitos a una fase final de transición global. Dicho de otra forma, si acaso tuviesen el afán de debilitar a los gobiernos nacionales por así convenir a sus intereses privados, podrán ser beneficiarios o, en el peor de los casos, “facilitadores” de estas tensiones. Es decir, provocarían o no impedirían las disrupciones económicas, la desestabilización política, el debilitamiento de la democracia, la desinformación, el regreso al proteccionismo, la multiplicación de guerras comerciales, e incluso la aceptación de prolongar y “normalizar” el conflicto.

Mientras varios factores apuntan a que la dinámica mundial en 2024 será más caótica, más riesgosa y menos predecible o estable, el andamiaje institucional de la ONU permanece rehén de sí mismo, corolario de una división de poderes caduca en el escenario internacional. Una reforma adecuada que actualice sus formas de trabajo, procesos de deliberación, su esencia y “espíritu” es necesaria con urgencia. Actualizar a la ONU es imperativo a fin de que la esperanza del futuro de la humanidad descanse en un organismo fiel a la realidad internacional actual con provisión de bienes públicos internacionales y soluciones duraderas. Resulta poco esperanzador que independientemente del desarrollo y perfeccionamiento que ha tenido el marco jurídico internacional, varios de los líderes mundiales más protagónicos parezcan estar convencidos de la lógica y el “derecho” a la guerra, incluso de su “necesidad”. Les resulta casi ingenuo pensar sobre la necesidad de galvanizar a la humanidad en torno de causas justas, de argumentar con las razones para buscar la paz y el desarrollo en el mundo.

Y el ánimo por la paz es exiguo. Con ello no restamos importancia a las acciones y contribuciones de la ONU para la paz y seguridad internacionales. Condenar ataques, exhortar al diálogo y al cese de hostilidades, apoyar y facilitar el envío de ayuda humanitaria, entre otros muchos logros de las Naciones Unidas, no es cosa menor. Loables esfuerzos, por supuesto, y en los que estuvo involucrada la delegación mexicana y muchas otras ante la ONU. Pero son bríos insuficientes. Basta revisar lo que sucede desde hace ya varias semanas en Medio Oriente y meses en Ucrania - que obviamente no son los únicos conflictos bélicos en 2024- para confirmar la veracidad de esta preocupación, que debería ser compartida.

Ante este escenario turbulento en el cual la palabra “crisis” se repite en los análisis y en el diccionario, las alternativas han ofrecido resultados exiguos. Pese a que instituciones regionales podrían ser foros adecuados para el tratamiento de estos temas, no han servido de mucho. Dicho de otra forma, la institucionalidad de los organismos regionales o la flexibilidad de foros como el G20 podrán sumar esfuerzos importantes, pero muy probablemente serán insuficientes para germinar soluciones, siquiera paliativas, que conduzcan eventualmente a diseñar un paradigma de paz sustentable y duradera en cada región.

En el renglón económico las tendencias tampoco son las más prometedoras. En el marco global, 2024 verá la profundización de los efectos de la también llamada “recesión de la globalización”, para otros conocida como “desglobalización” y para los más tradicionales, “proteccionismo”. En el vecindario latinoamericano, los expertos pronostican menos crecimiento de la economía regional. Al igual que las demás regiones, se vivirá una ralentización económica. Empero, la buena noticia es que las previsiones apuntan a que la inflación registrará una baja relativa en 2024 en todo el mundo a reserva de que los conflictos armados no escalen y disloquen los mercados de materias primas (granos y petróleo), después de que el año que acabamos de despedir se caracterizó por sus turbulencias inflacionarias y una revisión de la política monetaria con medidas contractivas.

En cuanto a números, se anticipa que las mayores economías, la estadounidense y la china, desaceleren su crecimiento este año. La zona euro se mantiene y mantendrá débil, pues no hay indicios de lo contrario. Y si bien la economía de la India, de acuerdo con diversos analistas, mantendrá un óptimo desempeño no lo será suficientemente acelerado para contagiar a sus vecinos y “cargar” al resto del orbe. Según proyecciones del Banco Mundial, el crecimiento económico de América Latina en 2024 se ubicará por debajo del 2.5%, siendo lo más probable que únicamente alcance 2.3 %. La economía mexicana, por su parte, podría crecer a cerca del 3% o ligeramente más. Esto último gracias a las ventajas del nearshoring.

Ante este escenario, no cabe duda de que la situación económica internacional, la arquitectura financiera global y la transición hacia una economía verde serán temas de debate y análisis durante el año, principalmente entre las principales economías del mundo reunidas en el G20. Y mucho que decir, decidir y hacer tendrán las multinacionales.

2024 es también un año de importantes definiciones, particularmente gracias a las elecciones nacionales que se celebrarán en varias latitudes del mundo a lo largo del año.

Lo descrito hasta aquí son inercias, tendencias, transiciones y probabilidades de 2024, todas basadas en datos, hechos y el análisis de las múltiples crisis que vive el mundo y a la preocupante inacción a nivel internacional para solucionarlas. Pero 2024 es también un año de importantes definiciones, particularmente gracias a las elecciones nacionales que se celebrarán en varias latitudes del mundo a lo largo del año, estando en juego decisiones fundamentales. Son más de sesenta países que celebrarán comicios. Además de nuestro país, los procesos electorales en Estados Unidos, India y Rusia sobresalen por su importancia en generar reverberaciones globales y efectos determinantes para el futuro de la estabilidad regional y mundial y para dictar el rumbo de las tendencias y el grado de probabilidad de que las inercias descritas continúen o se desechen. Será igualmente importante para la brújula geopolítica, principalmente en Asia, el caso de Taiwán y los comicios que celebrará. Por supuesto, el caso estadounidense tendrá efectos de corto y mediano plazo en la relación bilateral con México, fundamentados en las actuales crisis, tanto migratoria como de seguridad y tráfico de fentanilo. A ello se suma el hecho de que en 2026 será revisado el T-MEC, principal acuerdo norteamericano. De interés también para la realidad regional serán las elecciones que tendrán verificativo en 2024 en El Salvador y Venezuela. Globalmente, estará en la boleta de cada elector confirmar los valores de la cultura política democrática. Las inclinaciones para el autoritarismo, la concentración de poder y la aceptación cada vez más popularizada de los ejes conceptuales más extremos del espectro político, son reales en todo el orbe.

Additional Info

  • Autor: Rodrigo Vázquez Ortega
  • Semblanza: Diplomático de Carrera del Servicio Exterior Mexicano, rango Segundo Secretario. Actualmente adscrito al Consulado General de México en São Paulo, Brasil, en el que es responsable de los temas de promoción económico-comercial, cultural y educativa, entre otros. Anteriormente fungió como Jefe de Cancillería en la Embajada de México en Trinidad y Tobago. En su trayectoria profesional, entre 2013 y 2016 perteneció al Servicio Profesional de Carrera de la Administración Pública Federal, trabajó en la Unidad de Política Migratoria de la Secretaría de Gobernación, en la cual fungió como Subdirector de Relaciones Internacionales. Anteriormente, de 2009 a 2013 trabajó en la Dirección General para América del Norte de la Secretaría de Relaciones Exteriores, en la que fue responsable del Departamento de Política Interna de Estados Unidos, especializándose en análisis político-electoral y legislativo estadounidense, actuando también como enlace en misiones de diversas delegaciones de gobiernos de la Unión Americana a México. En su formación académica, Rodrigo es Maestro en Relaciones Internacionales y Política por la Universidad de Cambridge, becario Chevening del gobierno británico. Es Licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional Autónoma de México, de la cual obtuvo la Medalla Gabino Barreda al Mérito Universitario. También cuenta con estudios universitarios con estancia en la Universidad de California, San Diego (UCSD).
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